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El riesgo de las etiquetas y la normalización de las emociones

Actualmente, la definición más próxima a la situación que estamos viviendo, es inestabilidad de nuestras emociones. En poco más de un año, hemos pasado por una pandemia mundial que ha paralizado gran parte de la actividad económica del país y que aún sigue presente.

Esta inestabilidad nos ha provocado y nos provoca incertidumbre para nuestra formación o en el trabajo. Ya que no sabemos con exactitud cómo llegará a solventarse nuestro futuro. Vivimos en una época donde la precariedad laboral se ha vuelto un elemento visible en nuestro día a día.

Donde percibimos falta de reconocimiento, alto porcentaje de paro y de personas sobre cualificadas que tratan de formarse con el fin de reciclarse y tener mayores oportunidades de empleo. Es decir, una época donde adquirir experiencia se convierte en todo un reto. Ya que existe una alta competencia hasta para realizar prácticas no remuneradas. A veces incluso se nos brindan oportunidades que consideramos ominosas, casi un insulto, y aun así aceptamos por miedo a no encontrar algo mejor.

De toda esta situación cabe esperar que muchas personas nos sintamos vulnerables y que nuestra estabilidad emocional se vea afectada por ello. Tendemos a nombrar como “ansiedad” aquello que experimentamos. En realidad, lo cierto es que la palabra, o mejor dicho, la etiqueta de ansiedad lleva de la mano fuertes connotaciones negativas. Como consecuencia de ello la identificamos como un problema. Incluso a veces como una enfermedad que curar con ciertos medicamentos. ¿Qué ocurre entones cuando entendemos aquello que sentimos como algo negativo? Que acaba siéndolo.

El impacto emocional de la Pandemia por COVID-19

Este fenómeno se denomina profecía autocumplida. Basándose en una falsa creencia que nos empuja a tener comportamientos que encajen con la misma. De modo que esa falsa concepción acaba cumpliéndose y confirmando lo que inicialmente se pensaba.

Además, acabamos somatizando la situación, pues no somos cuerpos cuyas mentes de forma independiente decidan actuar. Debido a que somos un todo, y aquello que ocurra en nuestra mente, acabaremos sintiéndolo en nuestro organismo y viceversa. Se trata, por tanto, de nuestra salud física y mental.

Se entiende como ansiedad aquello que se ocasiona fruto de la percepción de un estímulo amenazante que produce temor. Entonces, ¿qué emoción sentimos realmente ante esta situación descrita? Miedo. El miedo es una de las emociones básicas, cumple con una función adaptativa: nos capacita y prepara para sobrevivir. Cuando sentimos miedo, nuestro sistema límbico se activa para huir de situaciones percibidas como peligrosas. Además el cortisol se eleva y nuestro sistema simpático toma el mando, como cuando huimos si nos persigue algo que puede dañarnos.

¿Cómo puedo gestionar las emociones sin poner etiquetas?

Entonces, si el miedo cumple con una función adaptativa y es así como nos sentimos, ¿por qué estigmatizarlo llamándolo ansiedad? ¿Por qué no dejar de usar ese nombre que tanto daño nos hace? Debemos dejar de etiquetar lo que nos ocurre, porque lo encasillamos como un problema, una enfermedad, cuando en realidad es una reacción natural que cumple con una función protectora y adaptativa.

Si bien es cierto que el miedo puede volverse desadaptativo cuando se convierte en irracional y es desproporcionado. Como si huyésemos ante algo que objetivamente sabemos que no puede hacernos daño (ante dicha situación sería recomendable contactar con una persona profesional de la psicología).

En conclusión y volviendo a lo anterior, el simple hecho de cambiar la palabra ansiedad por miedo nos hace sentir personas más humanas, que se adaptan al medio e intentan sobrevivir. Darwinismo puro una vez más. Ahora disponemos de alguna herramienta para poder comprender lo que nos ocurre y así gestionar nuestras emociones de la mejor manera posible. Como consecuencia de ello somos conscientes de lo que nos ocurre es justo cuando tenemos mayor control racional sobre nuestras acciones y cambios emocionales.

Somos personas cíclicas, nuestras emociones y situaciones vitales van cambiando no sólo a lo largo de la vida, sino en cada minuto con cada nueva experiencia, es como si viviésemos en una especie de noria donde a veces estamos arriba y a veces abajo. Lo bueno de todo esto es saber que ningún mal durará para siempre y que cuando estemos ahí arriba, en lo más alto, quizá sea cuando debamos disfrutar de las vistas y de la plenitud de sentirnos vivos, mientras que cuando estemos abajo, sabremos que es algo natural y necesario que nos hará apreciar las vistas aún más cuando subamos.

Estrategias para la normalización de las emociones

Una vez nos aceptemos, aceptemos nuestras emociones y la incertidumbre (ya que sabemos que el futuro, y menos aún el futuro lejano, no es controlable) cabe preguntarse ¿por qué centrarnos en el futuro si no lo podemos controlar? ¿por qué no vivir en el presente y disfrutar de él valorando y aprovechando el momento actual? Esto no quiere decir que todos los días sean buenos, pero sí que podamos tratar de encontrar algo bueno en cada día.

Tampoco implica ser irresponsables, es bueno tener en cuenta ciertas circunstancias del futuro, pero debemos preocuparnos por las conductas inmediatas controlables que
podemos realizar para que nos acerquen poco a poco a nuestro objetivo, y no centrarnos en el objetivo final como meta a muy largo plazo, pues sería bastante fácil caer en la frustración y la desmotivación. De este modo, centrándonos en el ahora estaríamos disfrutando del presente, del proceso, de los errores, de vivir.


Finalmente, otro proceso importante para sentirnos mejor ante situaciones incontrolables es el de no compararnos con el resto. Todas las personas somos diferentes y eso hace que todas seamos únicas; y, al mismo tiempo, que nadie lo sea, pues no existen dos personas iguales. Lo que sí compartimos son las emociones, las respuestas del organismo, lo más primitivo e intuitivo.

Tenemos la capacidad de hacernos sentir bien y mal con sólo palabras. Llegadas a este punto, sería recomendable poner en práctica la asertividad, decir lo que pensamos y sentimos de forma clara, pero también aceptar lo que piensan y sienten las demás personas aunque no estemos de acuerdo con ello; citando a Sharon Anthony Bower “La mayor diferencia entre ser asertiva y agresiva es la manera en que tus palabras y tu conducta afectan a los derechos y el bienestar de
los demás”.

Conclusión

En conclusión, debemos tener en cuenta que sentir miedo es algo natural, que debemos permitirnos sentir tanto emociones positivas como negativas, disfrutar de cada momento y cada emoción presente sin vivir constantemente en el pasado o en el futuro.

Además, no es recomendable compararnos con el resto de las personas, pues cada una es distinta de la anterior. Al fin y al cabo, debemos tener en cuenta que ser personas sinceras y asertivas, aceptarnos y aceptar al resto, hará de la población seres más felices, seres que se quieren por como son y no por el ideal de lo que podrían llegar a ser.

Para terminar, un pequeño mantra que quizá nos convendría repetir de vez en cuando: “Soy una persona valiosa, me quiero, me respeto y no me culpo por mis emociones”

Vanesa Puertas López, alumna del Master de Dirección y Gestión de Recursos Humanos en IMF Business School.

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